DEL SUJETO DE LA CERTEZA A LA IMPREDECIBILIDAD DEL
INCONSCIENTE (COMO ACONTECIMIENTO)
J.
Ignacio Mancilla
“Y nadie sabe
qué es lo que acontece”.
Hôlderlin.
Cada lección de cada
Seminario de Jacques Lacan es una aventura intelectual y desiderativa, conforme
se avanza en su enseñanza se anudan, cada vez más complejamente, un sin fin de
ideas y autores que a la par que desbrozan el camino lo llenan, también, de
preguntas y enigmas; siempre remitiéndonos a la historia del Psicoanálisis y al
deseo de su fundador: Sigmund Freud.
Y es que Lacan irrumpe
conceptuando de manera distinta, de modo que en la medida que se camina, su
pensar gana en profundidad y amplitud. Hasta aquí ya se ha ubicado en su
dimensión fundamental la falta en su sentido estructural; al grado de que se
define a la hiancia (falla-en-ser) como una condición pre-ontológica (¡ay!,
Heidegger, tan presente y no solo en este Seminario).
Pero, el inconsciente
no es del orden del ser ni del no ser, se nos advierte, sino, más bien, de la
dimensión de lo no realizado (Aristóteles servirá, en este punto, de un gran
apoyo teorético).
¡Qué pena, nos dice,
que toda esta historia tan singular, se haya dejado de lado! ¡Y por los
psicoanalistas mismos!, agregaría un servidor (remito al texto genial de Resistencias del psicoanálisis, de
Jacques Derrida).
Además, en una
reflexión más atenta, deberíamos detenernos en las relaciones existentes entre
temporalidad (específicamente en su carácter de instantaneidad) e inconsciente,
sabiendo, de antemano, todas las paradojas que se abren al respecto.
Y lo inconsciente es definido,
en este momento, como del orden de lo evanescente.
De ahí la importancia
de mantenerse en dirección de la cura y los principios de su poder: que no es
otro que el del deseo en su sentido objetivo (como objeto a: causa del deseo):
más allá de las peripecias imaginarias, siempre presentes en la clínica.
Clínica y teoría
están en el centro de esta discusión, como suele ocurrir cuando se trata del
Psicoanálisis (en Freud y Lacan).
Desde esta lógica
rigurosa, no tiene porque sorprendernos la remisión lacaniana del sujeto del
inconsciente al sujeto cartesiano (y también de la ciencia); no sin la subversión
de mostrarnos la opacidad del sujeto ahí donde Descartes solamente vislumbró,
por sus limitaciones históricas, su identidad clara y distinta.
Toda una cuestión que
sigue dándonos qué pensar, sobre todo cuando el Psicoanálisis, precisamente, se
caracteriza por darle su verdadero lugar al objeto en lo que llamaremos, aquí,
la dialéctica subjetiva.
Y en la que la
angustia no es sin sentido, relacionada como tal con el deseo y su verdad.
¿Es casual que la
verdad subvierta la lógica (misma) de la certeza para instaurar una topología
otra del sujeto, no como universal (episteme),
y sí como proceso (aletheia); y que, en
cuanto tal, sea la otra cara, no sin angustia (insisto) y no menos evanescente que
lo inconsciente mismo?
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