viernes, 12 de junio de 2015

PARTE SEGUNDA NOMBRE PROPIO E HISTORIA(S)


El sujeto, declaraba, era belga de origen, aunque nacido en Teherán en 1904, ya que su padre se dedicaba a la carrera diplomática. Su madre abandonó Bruselas tras la invasión nazi, mudándose a París con su familia. Narra, todo en francés por su puesto, que primero estudió para militar, obligado por su padre, pero después ingresó a La Sorbona para estudiar periodismo. Después de detallar con suma precisión algunos datos de su vida como las direcciones en las que vivió, el nombre de su esposa y sus actividades cotidianas tanto en Francia como en Bélgica, narró cómo conoció a Sylvia Angeloff quien le introdujo con sus camaradas de la IV Internacional. Es justamente uno de ellos quien le propone viajar para conocer a Trotsky. Ataviado con un pasaporte canadiense y portando el nombre falso de Frank Jackson, llega a México en 1939.
Las sospechas de veracidad comienzan a aparecer debido a que, antes del atentado, a pesar de carecer de trabajo, frecuentaba lugares muy caros, bares de moda, usaba carros lujosos, viajaba con frecuencia y derrochaba un dinero de dudosa procedencia. Asimismo, llamó la atención de los estudiosos, ciertas coincidencias con David Alfaro Siqueiros quien, con un grupo de hombres armados, habían intentado asesinar a Trotsky unos meses antes.
Una vez analizados los hechos pero, sobre todo su discurso y sus sueños, los investigadores llegaron a conclusiones muy interesantes. El diagnóstico, señalado en el punto 10 del informe era claro: el acto delictuoso no era motivado solo por un odio a la víctima sino que "su más remoto origen es de naturaleza subconsciente - complejo de Edipo muy activo- y corresponde a la más grave exteriorización de un estado neurótico, evolutivo, que debió iniciarse en la más temprana infancia como consecuencia de un trauma afectivo."4
Se trataba además, se asegura en el informe, de un mitómano con frustraciones sociales, de información vaga sobre el marxismo, de poca cultura y propensión a la excepción, el narcisismo y tendencias propias de un criminal político.7 El homicidio, no lo realizó en un acto de arrebato sino con premeditación, alevosía y ventaja. Si bien se trataba de un acto impulsivo este fue planeado con el apoyo de algunos cómplices.
Debido a todo ello, Jacques Mornard fue condenado a 20 años de prisión que cumplió a cabalidad y sin resistencia. Una vez terminada su condena en los años sesenta, vivió bajo el nombre de Ramón Pavlovich López en la URSS donde recibió de mano de Leonid Brézhnev, las condecoraciones de la Orden de Lenin y de Héroe de la Unión Soviética, para morir en Cuba en 1978.
Una de las características de este caso, es que los estudiosos, especialmente el Dr. Quiroz Cuarón, tenía el empeño de demostrar las conclusiones de su análisis. Muchos años después, en 1950, en ocasión de un congreso internacional viajó a  Europa. Tanto en Barcelona como en Madrid, investigó y obtuvo del comisario de la Dirección General de Seguridad, Pedro Polo Borreguero y de Florentino Santamaría director del Archivo de Identificación de dicha dependencia, a partir de entrevistas pero, sobre todo de las huellas dactilares, la confirmación de sus sospechas: el supuesto ciudadano belga, no era otro que un conocido militante socialista catalán de nombre Juan Ramón Mercader del Río.
Juan Ramón Mercader, cambio varias veces de nombre. Pero este hombre era esos nombres. Principalmente Jacques Mornard. Este ciudadano belga, habló francés durante 20 años en las mazmorras de las tres penitenciarias de México y siguió defendiendo su nombre cuando vivía en las tierras soviéticas. Él no mentía, era ese hombre. Su nombre lo convirtió en él. Este nombre que tenía resonancias con el anterior ya que Jacques puede significar Jaime y los apellidos comparten las letras, era el nombre del asesino de Trotsky. Es por ese nombre que cambia de nombres. Dejando de lado y transliterando el Nombre del padre, se construyó una nominación a partir de un acto que lo  inscribía en la historia. Su acto criminal escribió su nombre en los anales de Occidente.
Un punto importante. Ese nombre como los otros, vino de “fuera”, fue nominado por Otro. El acto asesino fue planeado al menos dos o tres años antes, entre otros, por uno de lo más eficaces espías del Kremlin, general del ejército rojo y, por un tiempo, consentido de Stalin. Este hombre de apellido Eitingon, era compañero sentimental y político de su madre quien, de manera directa, enroló en el proceso y encomendó a su hijo la acción política que debía realizar. Las instrucciones eran precisas y habían sido dictadas por este hombre quien también había redactado la carta que llevaba en su gabardina en el momento del asesinato: él era y siempre debía ser Jacques Mornard. Este agente que cumplía órdenes desde Moscú era el intermediario y el brazo estratégico del presidente máximo del Soviet Supremo.
Jacques Mornard había sido Jaime Ramón Mercader. Pero, por su pasaje al acto, devino otro que sería desde entonces. Devino otro que personificó por encomienda del Otro. Por encargo de Eitingon, por mandato de la causa revolucionaria, del Camarada Stalin, del bien del mundo, para evitar la guerra, por el deseo de su Madre. Si bien él era quien fue nominado, él encarnó ese nombre. Algo lo traspasó que él asumió y ejecutó sin saber. Había en ese nombre algo que él no sabía, un real que lo designaba más allá de sus ideologías. Hay un enigma en acto. Hay ese declarar por el acto un nombre que desde entonces será verdad. En el nombre propio no todo es simbólico, hay un real incognoscible que se evidencia de manera evidente en esos nombres que se trastocan y se escriben en la diferencia con la nominación de origen. En el nombre propio hay un grano de real que no se explica ni se comprende. Tal vez sólo se escribe. En acto.

[i]Referencias



4 Para seguir los pasos del asesino de Trotsky, se consultaron en la biblioteca del Instituto de Investigaciones Jurídicas, diversos textos del criminólogo que lo examinó en aquellos años. Especialmente: Garmabella José Ramón, Dr. Alfonso Quiroz Cuarón. Sus mejores casos de criminología, Ed. Diana, México, 1968.
5 Op. Cit., p. 87.
6 Ver también el texto consultado, Quiroz Cuarón Alfonso, Psicoanálisis del magnicidio, Editorial Jurídica Mexicana, México 1965.

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