martes, 15 de septiembre de 2015


En nombre propio ha recibido, ya, 5 mil visitas
Nos congratula saber que, en poco tiempo, En nombre propio ha sido un blog que se ha ganado un lugar entre las y los cibernautas.
También nos agrada el hecho de que nos lean en Uruguay, Bolivia, Brasil, India, Chile, Colombia y España.
Y es muy significativo, para nosotras y nosotros, que sea en Estados Unidos y Argentina, aparte de nuestro país, por supuesto, las naciones donde más nos leen.
Y cómo no habría de sorprendernos, también, darnos cuenta que son las y los autores jóvenes (generación que viene empujando fuerte en este ámbito del psicoanálisis) las y los que están siendo más leídos. Esto contra lo esperado y supuesto, ya que en este blog han escrito autores consagrados, con toda una trayectoria suficientemente reconocida y ganada, por su trabajo.
Sorpresas nos dan los blog. El nuestro nos ha sorprendido.
 Sorpresas que son bien recibidas en este espacio, que es el suyo, amables lectoras y lectores.
 Cariñosos saludos de todas y todos los integrantes de En nombre propio.
Una aproximación hacia la disputa del sujeto con su historia

Alejandro León Benitez


En la razón y en el paradigma de la vida está anclado desde todos los tiempos la cuestión de la muerte; el hombre tiende a querer un más allá, quiere la eternidad. Pero, ¿un más allá de qué?

Podríamos hablar de transgredir la línea divisoria entre el placer y la muerte; muerte de la que podemos dar cuenta a partir del cuestionamiento por la experiencia misma del sujeto en y con el mundo. Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida (cita de Bataille).

El mundo de la razón es también el mundo de la fantasía y en ese sentido, la vida es esa aventura ininteligible donde el sujeto busca la trascendencia, busca esa continuidad que al mismo tiempo está perdida; está perdida desde el momento en que aparece el saber acerca de la muerte, es decir, vivir es al mismo tiempo una condena irrefutable de muerte.


Podríamos llamar a esta cuestión el significante histórico, el cual, estructura y simboliza al sujeto hasta representarlo; y es precisamente de esto histórico de donde el sujeto se sirve para articular su añoranza de permanencia en el mundo de los vivos hasta un “más allá”. Surge también, el deseo de alcanzar una supuesta dualidad o completitud con sus semejantes por medio del amor.

Ya lo vimos en  El Banquete de Platón, donde, por cierto, vemos sublimar al amor hasta llevarlo a los dominios de un imaginario del alma que no muere, de la posibilidad de ser eterna. Aquel ser andrógino efecto del “tercer sexo” que es mencionado por Aristófanes, no es sino un ideal que apunta hacia la trascendencia. La continuidad, el deseo de permanecer de esta manera es la esperanza de una vida eterna. Se trata de un deseo de permanecer en el mundo, si no teniendo vida eternamente, sí viviendo de algún modo. Es una trascendencia que va más allá de la existencia corporal.
El psicoanálisis aparece entonces, para intentar darle un lugar al sujeto a través de su propio discurso, mismo que se encuentra en disputa gracias a la confrontación que tiene de su vida ante la muerte, a saber, ante el surgimiento de la angustia.

El discurso del sujeto, su palabra, es la esencia misma de la historia y lo que lo determina como tal. Y es a partir de ello que el psicoanálisis cuestiona  esa historia para reincorporarla al sujeto enigmáticamente y pueda restituirse, no del pasado, sino en su efecto histórico. Porque, el estudio de la historia es un estudio de causas (referencia de Edward H. Carr). Por lo tanto, el psicoanalista lee esa historia y el sujeto la escribe con su palabra, porque el modo en que se inscribió la historia en él es precisamente mediante la palabra.

El terreno del deseo es también el terreno de la historia y de igual forma se delinea y se inscribe en el sujeto. En su individualidad, el sujeto se juega esa violencia a la que alude Bataille cuando habla del erotismo como fin de alcanzar la continuidad supuesta; pero se ve arrancado de la misma en el momento en que existe un deseo de otro allí participando del acto erótico. Los cuerpos se vuelven algo siniestro cuando se entrelazan, cuando se unen; la euforia desprendida de ellos no es más que la noción de una muerte certera, porque en lo sucesivo, el señuelo de la pasión es tan sólo una violenta pérdida, una secuencia de la falta.

Si hablamos del sujeto en relación con su deseo no podemos dejar de lado el goce. El goce va más allá del Erotismo planteado por Bataille, no se ciñe solamente a la noción del cuerpo, ni aún a la de la muerte; me refiero, a que hay un tercero, es decir, que hay “algo” del orden de nuestra historia que se apodera de nosotros, porque nosotros no somos dueños de nuestro cuerpo ni de nuestra palabra en tanto seres parlantes. El sujeto es sujeto del lenguaje, del mundo, de su historia. De tal forma, el deseo está constituido por la relación del sujeto con las palabras y ello tiene que ver con el goce.

Si el erotismo coloca al sujeto ante la muerte, el goce lo hace ante la nada. El goce no sirve para nada. El superyó es el imperativo del goce: ¡Goza! (cita de Lacan). Este imperativo de goce nos dice precisamente que “hay algo que viene de más allá”; es decir, de algún lugar de la historia. Esto indica justo que el sujeto no es dueño de su cuerpo, ni de su historia. Viene de Otro lado.

La historia es algo que retorna, que se repite; y es justo mediante el goce que se vuelve vigente. El goce puede convertir la historia en una locura mortal de sufrimiento y desdicha, en una tormenta acaecida de Otro lugar.

Por lo tanto, si de síntomas hablamos, éstos serían representaciones históricas de que “ahí hay algo”. Se vuelve un pedazo de verdad que representa al sujeto para otros. El amor puede ser, incluso, un síntoma de la historia que empero, salva de las desgarradoras incidencias de la muerte. El goce no sólo es fruición sino dolor, un fragmento de muerte. He aquí entonces a la vida confrontando su historia mortífera.

Referencias:

-Bataille, Georges. El Erotismo; España: Tusquets, 2007.
 -Carr, Edward H. ¿Qué es la historia? México: Ariel, 1992.
-Lacan, Jacques. El Seminario 20 Aún, clase del 21 de noviembre de
 1972; Buenos Aires: Paidós, 1982.

-Platón. Diálogos vol III; Madrid: Gredos, 1986.

viernes, 28 de agosto de 2015

Sócrates y la ética del psicoanálisis
Karina Olascuaga

Es a través de Platón y sus discípulos que fue posible conocer de manera escrita la filosofía de Sócrates, ya que no dejó ningún documento elaborado por su propia mano.  Sócrates proponía la búsqueda de  la verdad; el conocimiento del hombre sabio como eje  hacia el bien de las virtudes,  la verdadera esencia de las cosas y de los hombres. [El “conócete a ti mismo” al que Sócrates  da un valor en el concepto de la ética, se refiere a que el ethos[1] se descubre en la naturaleza humana con el conocimiento de sí mismo. La búsqueda de la eudemonía[2] se traduce como un medio para llegar al bien, al indagar en la propia alma.] 
Sócrates introduce una nueva forma de leer el conocimiento, partiendo de su antagonismo con los sofistas, quienes establecían su filosofía de manera doctrinaria y, como meta, pretendían una  disciplina del espíritu, considerándola  la más conveniente entre  todas las otras disciplinas.  Sin embargo, “Sócrates no negaba el valor de sus enseñanzas [de los sofistas],  pero su llamamiento al cuidado del alma encierra para los sofistas  cierto criterio de  limitación de los conocimiento recomendados por aquellos educadores”. [3]
Los sofistas se valían de un conocimiento dogmático;  en sentido estricto apostaban  al saber absoluto, localizable.  Esto supuso la apertura  de lo ético como centro del problema socrático, al ser desplazadas sus enseñanzas  por el movimiento sofista. 
En Grecia se generó una necesidad de otorgar una cultura superior al núcleo gobernante, lo que favoreció a la escuela sofista, en cierta medida sus enseñanzas cumplían con las ambiciones del Estado, proponían  formar hombres de Estado y dirigentes de la vida pública.
Por su parte,  Sócrates,  aunque  se ve siempre amenazado por los ideales políticos de los sofistas,  interviene en la política cuestionando  las decisiones del Estado y sus procesos.
Es así que leemos a un Sócrates que no se desvincula de lo político, que cuestiona la opinión pública y cuestiona al Estado; no cede ante  el cuidado del alma, ni al concepto de ética, agregando a su praxis filosófica  una temática política entre sus discípulos, cuestionando siempre al Estado (cuestionando el saber, sobre todo, el absoluto). 
Así, Sócrates es movido por la conciencia griega de los filósofos anteriores a él y en lo singular, por  su deseo de diálogo. Lacan retoma, ya desde el psicoanálisis,  una lectura de la Apología:  “el día de su muerte, Sócrates abandona serenamente esta vida por una vida más verdadera, por una vida inmortal”[4]. 
Inmortal como significante de su discurso. A partir del psicoanálisis  de Lacan es posible pensar a Sócrates movido por las profecías del oráculo y su deseo de discurso, pues toma la inmortalidad del alma mediante el lenguaje.
En la ética de Sócrates y en la de Lacan se genera una afinidad, por lo menos. En la época de Sócrates aparece una ética agónica,  la muerte del deseo en pro de la ciencia, de ahí su filosofía sobre  la constante  búsqueda de la verdad y el lugar que le otorga al deseo; ello a pesar del contexto político e ideal. 
Nombrada por Lacan muchos siglos después;  la ética del psicoanálisis es la ética del deseo, donde problematiza la subjetivad, sus implicaciones, la relación con la ley y las prohibiciones.   
Es importante que repensemos, pues, la vigencia de la ética socrática en la subjetividad contemporánea; para, de ese modo, poner de relieve el valor de indagar en el inconsciente y preguntarse en lo singular sobre el deseo que nos habita.
Es desde allí, que el concepto de la ética socrática, a la luz de la enseñanza de Lacan, nos puede trasmitir el valor de una ética del deseo y la importancia de su formulación crítica que dice: “¿Has vivido de acuerdo al deseo que te habita?”.




[1]Diccionario etimológico, versión electrónica. http://etimologias.dechile.net/?e.tica

[2]Florián, V., En Diccionario de filosofía. Panamericana. 2002 , p. 114.

[3]Werner, Jaeger., Paideia. Fondo de cultura económica. 1985, p.

[4] Jaques, Lacan., Seminario 8, la transferencia. Paidós. 2011, p.  122.

lunes, 17 de agosto de 2015

Parte Segunda del texto: Antes bien, no ser
De Edipo a Eatherly y más allá…
Marcela Martinelli

Del libro, entre otras cuestiones, lo que me parece innovador y propositivo es retomar en estos actos-sucesos el caso por caso, sí tanto el holocausto, como Hiroshima, como ahora las autodefensas y los narcotraficantes, como lo planteado por Sófocles en sus tragedias, los personajes son sujetos, con nombre e historia. Y eso retoma Asbel, a Eichmann, Eatherly, Edipo, Antígona entre otros.
Y en este caso por caso tan psicoanalítico, la autora nos convoca a conocer más a los sujetos, y claro pensados desde el psicoanálisis freudiano y lacaniano, sujetos sujetados del inconciente, no buenos o malos por naturaleza sino: “el hombre, al ser un animal enfermo, habitado por la muerte, con un más allá de él; un más allá del bienestar que insiste en el sujeto, todo lo anterior es inherente al existir. Es de ese sujeto del que hablamos y le damos un lugar en este trabajo” (p. 57).
Retomaré a algunos personajes, que se analizan en el libro. Ottto Adolf Eichmann quien llevaba a los judíos a las cámaras de gases, a los hornos crematorios; ese era su “trabajo”. Un sujeto que participó en la matanza de miles de personas. En el juicio que tuvo, al ser increpado por sus actos él plantea “yo solo obedecía órdenes” ¿cómo, sin cargo de conciencia, sin pesadillas? Y Sí así fue, un hombre que no tuvo representación de lo que hacía o ésta no le alcanzo para arrepentirse. Aunque de nada hubiera servido.

Quiero traer un caso actual de nuestro país: Edgar Jiménez Lugo “El Ponchis” niño sicario del cartel del pacífico sur. A sus 14 años ya tenía un expediente criminal de peso, se considera el primer niño mexicano (aunque nacido en E.U.) adiestrado para matar. Fue acusado de desmembrar, torturar y matar a 5 personas. Pero se le imputan más de 100 asesinatos Aparte de los secuestros y golpizas acometidas hacía diversas personas. Estuvo 3 años en prisión (pena máxima a menores de edad) salió de la cárcel preventiva en noviembre del año pasado. Lo que lo retomo por su postura ante los crímenes cometidos. Él dijo considerarse un trabajador del CPS (Cártel del Pacífico Sur) cuya labor era: “Yo nomás degolló, solo he matado a 4, mis compañeros hasta tienen 36 muertos” Hay videos, en youtube, subidos por él y su organización donde se muestra torturando, degollando y en uno en particular divirtiéndose mientras comete los actos de maltrato y tortura. En letras de Asbel: pareciera que está anestesiado. El Ponchis un adolescente que se presenta sin sentir remordimientos, viviendo la muerte de otros como haciendo un trabajo más, obedeciendo órdenes y orgulloso de cumplirlas, era un niño de 11 años cuando mató por primera vez. Asbel plantea: “Matar por matar sin el menos ápice de inmutación ante ello. Sin que, frente a dicho acto medie creencia alguna, rito de expiación, o culpa que evidencie un poco de sensibilidad ética” (p. 68). Lo valioso del texto es denunciar ¿Qué se hace con ese asesinar de buena gana tan actual? ¿Qué hacer ante la propuesta de entrenar sujetos para matar?  Y que eso sea considerado una forma de trabajo y de vida.
 La autora problematiza lo anterior desde diversos enfoques, uno es el estudio de la posmodernidad como un tiempo donde lo que impera es la felicidad del hoy, lograr lo que se quiere con el mínimo esfuerzo y llevándose por delante lo que estorbe, sea un cuerpo, un ideal, una vida. Tiempo gélido donde impera el egoísmo del yo, ahora los jóvenes han inventado una expresión que es Yolo, “porque yo lo digo, porque yo lo pienso”. Ante las promesas de completud que abundan en los medios de comunicación y en el mercado. Asbel retoma y nos convoca a pensar en la importancia de preguntarnos ¿por qué y para qué de nuestros actos? Y al no tener la respuesta, poder hacer con las medias respuestas que hallamos en nuestro medio decir. También recalca lo esencial de la propuesta del psicoanálisis entorno a la falta, plantea que el análisis está a contrapelo de las propuestas actuales -cuestión que sabemos siempre ha sido, así lo vivió Freud en la Viena del siglo XIX y también Lacan en la Europa del siguiente siglo- ha estado contracorriente porque justamente trabaja con lo que no anda, con la no completud, con nuestras miserias. La autora plantea, que el psicoanálisis ocupa un lugar en la marginalidad y coincidimos con ella.  Entonces, la teoría de la falta es esencial, la falta en nuestros días, de sabernos sujetos en falta y en constante búsqueda y sabiendo que en la búsqueda de lo que somos o intentamos no ser, como es el caso de Edipo, encontraremos como parte del camino frustraciones y fracasos que tendremos que sobrellevar, sin hacer de eso un elogio, pero tampoco obviándolo. Retoma de Lacan una hermosa propuesta, referente al vacío que nos constituye, que es hacer de éste vacío anillo, que ese hueco que a veces angustia, no se lo quiera tapar, aparte de que no es posible, el vacío nos constituye. No querer obturar los vacíos, los huecos y las faltas y fallas que nos hacen sujetos por suerte no completos.  El anillo del vacío es propiciado por el motor que mueve a los sujetos, que es el deseo y también por el goce que nos habita.

Es una alegría y orgullo leer a esta atrevida amiga y a eso los convoco. La invitación de Asbel es a atrevernos a leer el libro, a ir a análisis, a amar a alguien. Y yo agrego a leer a una amiga, aprender de ella y quererla aún más.
Para finalizar retomo el título, su enigma y sus trampas. Antes bien, no ser. De Edipo a Eatherly y más allá… El enigma está en Esta frase de “Antes bien no ser” de donde lo saco, ¿Quién es Eatherly? Bueno Edipo, pues de él sí sabemos. Y la trampa es que hasta la página 188 comienza a mencionar a Eatherly, pero agárrense hasta la página 283 aparece Edipo y el porqué del título. Entonces claro uno tiene que leer hasta el final para entender el título, he allí la trampa, vale la pena que caigan en ésta y disfruten la lectura.
Libro acto, libro denuncia, que retoma a diversos autores, teorías, pensamientos para pensar nuestros días y hacer propuestas desde su hacer como psicoanalista y como escritora.



viernes, 7 de agosto de 2015

A quienes nos leen

En primer lugar, no queremos dejar de agradecerles, lectoras y lectores, su atenta mirada, porque sin ella este blog no sería lo que es, a casi 5 meses de que iniciamos est a-puesta; no cesamos de sorprendernos ante tan generoso recibimiento por parte de todas y todos ustedes, ya son más de 4 mil visitas, 4 mil sujetos deseantes detrás de un monitor que nos regalan su atención.
Comprometidos, como estamos, con este proyecto, tan significativo, para nosotras y nosotros, que nos jugamos, de cuerpo entero, En nombre propio.

Debido a ello, les informamos, de la manera más atenta, que a partir del día de hoy viernes 7 de agosto de 2015, se subirán las entradas todos los viernes. Les reiteramos, una vez más, nuestro agradecimiento, , gracias, ¡4 mil gracias y más!
Antes bien, no ser
De Edipo a Eatherly[1] y más allá…
(PARTE PRIMERA)
Marcela Martinelli

Desde que supe el tema del libro y después conocí el título, se me presentó como un enigma, no sabía bien de qué trataba y nunca me imaginé claramente su contenido. A saber de: política, economía, ideología, sociología; y lo que sí sabía que iba a encontrar y así fue, es psicoanálisis, clínica y filosofía.
Ante todo lo que hallé en el libro y su lectura, lo planteo así del lado del hallazgo, es un marcado interés en analizar y problematizar nuestra actualidad: social, económica y subjetiva, a partir de investigar sucesos pasados y actuales que marcaron y a su vez proponen o imponen el devenir histórico del mundo.
Encontré un texto que denota estudio, investigación, muchas lecturas y reflexión. Asbel oye los ecos de tiempos pasados que no cesan de ser actuales. Posición que reconozco y valoro. Posición atrevida y provocativa. Posición que conlleva en su enunciación: denuncias y que no sólo la autora piensa, problematiza y analiza la posmodernidad, sino que plantea tomar caminos ante lo que parece no tener salida. A saber se posiciona desde la crítica a la violencia, a los crímenes, a lo superfluo de las promesas de vida de la posmodernidad y del neoliberalismo. Nos conduce a propuestas desde su actuar, desde su clínica. Libro denuncia que no solo se queda en mostrar, sino que aporta desde su hacer, su ser psicoanalista, más bien a partir de su deseo de analista, lo que sí se puede hacer, convocando al deseo y sus imposibilidades, a la ética de cada sujeto y a la escucha de eso que no se quiere oír, ni siquiera quien lo dice.
Presentar el libro es una gran responsabilidad, la vivencia que tuve es de ser un libro en blanco, que se dejó empapar con el saber de Asbel y de los teóricos que retoma (a saber son muchos).
Y lo que me di cuenta es que toca mi historia, mi padre: argentino, exiliado de izquierda estudió derecho y después ciencias políticas y economía. Crecí viéndolo leer y escuchando de Marx, Engels, Gramsci, Hegel y más, con el periódico Uno más Uno y después La Jornada. Diversos temas abordados en este libro tocan fibras conocidas y a la vez ajenas. También significantes como exilio, poder, memoria, olvido, tortura y otros más son un saber en mi historia, que pasan como todo saber por un no saber y muchas veces sin querer saber de ellos, se asoman. Esa fue la vivencia que tuve al leer el libro, sin tener cercanía con algunos de los temas que Asbel abordaba había algo familiar y por familiar, ominoso de lo leído.
Estoy convencida de que cualquier sujeto que lleve un tiempo viviendo en nuestro país, también se sentirá convocado y sabrá lo que el libro aborda entorno a la violencia actual, a los poderes a los que estamos expuestos: Poder desde lo político, económico, desde las fuerzas que imponen la ley, pero también desde el poder del narcotráfico y sus luchas. Asimismo Asbel incluye bellamente el poder de nuestras pulsiones, el sabernos hombres y mujeres no buenos por naturaleza, ni que buscamos el bien, aunque algunos lo prediquen (Ya ven a Lucerito de altruista teletonera a cazadora de animales, p. 301). Somos sujetos que vivimos día con día escapoteando nuestra muerte: interna, feroz y presente en los malestares, dolores, odios y violencias que nos hacemos y que también ejercemos ante otros, así también como la muerte externa, esa que se respira: inseguridad, desasosiego, hastío y más.
Es freudiano  y fue dicho ya hace casi 100 años, que la pulsión de muerte se muestra y se vuelca en pulsión de destrucción, de allí que la autora entrelaza eruditamente algunos sucesos históricos que han marcado y herido a la humanidad y que justamente han sido destrucciones: la matanza de miles de judíos por los nazis, la muerte de una población entera con consecuencias que fueron más allá de Hiroshima y Nagasaki. Hasta llevarnos a la destrucción íntima, cruel, como la de la niña Paullete, muerta y escondida por su madre, o las tragedias vividas por los grandes héroes griegos: Edipo, Antígona, Penélope por mencionar solo algunos.
Hechos históricos algunos y otros parte de la mitología que se repiten en menor y diferente escala en nuestros días y en nuestro país,  que la autora retoma, por ejemplo el caso de las muertas en la fábrica Coppel en Sinaloa que murieron en un incendio, al estar encerradas “trabajando” toda la noche para cumplir con las exigencias capitalistas de producción. Asbel dice sujetos convertidos en material combustible, desde Marx mano de obra, sin rostro, sin derechos, sin historias.





[1]Presentación del libro de Asbel Hernández, Antes bien no ser. De Edipo a Eathrly.

domingo, 12 de julio de 2015

La  represión y el deseo que nos habita
Areli Nohemí Gutiérrez Rodríguez

En la clínica psicoanalítica nos topamos todos los días con la represión en el dispositivo analítico.  Cada paciente manifiesta en algún momento esta represión como impedimento para poder avanzar en su análisis. Esto mismo fue para Freud uno de sus primeros descubrimientos con los pacientes. Esta represión, es manejada hoy en día como mecanismo de defensa la cual nunca es completa, es el acto más importante pero fallido que hace el sujeto. La represión no es absoluta, el Yo hace un gran esfuerzo por tener bajo control el deseo y por eso entre más Yo, menos sujeto del deseo, el Yo es pura imagen, imágenes del Otro (estadio del espejo) el Yo al defenderse de este deseo intenta ocultar su falta, esta falta estructural que el yo trata de saturar por medio de la represión.

Elizabeth Roudinesco nos da una definición de Represión en su diccionario de Psicoanálisis:  “En el lenguaje corriente, la palabra represión designa la acción de hacer retroceder, rechazar o repeler a alguien o algo”. También nos menciona que en Francia se utiliza la palabra cuando se le niega el acceso a un país o a un recinto particular.

Tenemos entonces el retroceso (regreso), rechazo de algo o alguien, así como la negación a entrar a algún lugar. En este caso la consciencia (yo) juega el papel de mediador. Freud nos dice que la represión es el proceso que apunta a mantener en el inconsciente todas las ideas y representaciones ligadas a pulsiones cuya realización generan placer y estas afectarían el equilibrio del funcionamiento psicológico del individuo al convertirse en fuente de displacer, ya que éstas no son aceptadas por el psiquismo consciente. Freud nos dice que la represión es el pilar sobre el que se basa el edificio del psicoanálisis y se da como resultado en un trabajo psicoanalítico. Esto es lo que se presenta en cada sujeto que vive la experiencia analítica, de formas diversas podemos vivirla y percibirla en los pacientes.

¨Nuestra compresión consciente se apartan del recuerdo. Esto es lo que uno llama represión” (Freud) y la represión se hace sobre las representaciones, imágenes o ideas que aunque reprimidas, siguen activas en la forma de brotes  pronto  a retornar conscientes.
Freud distingue tres tiempos constitutivos de la represión:
1.- La represión propiamente dicha o represión de la posteridad.
2.- La represión originaria.
3.- El retorno de lo reprimido en las formaciones del inconsciente.

La represión como tal se ejerce sobre los representantes de la pulsión, el inconsciente realiza una investidura sustitutiva, hay una represión que se ha hecho anteriormente y es nombrada por Freud como represión originaria, este es el resultando; una fijación del rechazo inicial, quedando así un representante reprimido  que subsiste de manera inalterable y sigue a la pulsión, por eso se hace retorno a lo reprimido manifestándose como síntoma, sueños, actos fallidos que Freud nombraría formaciones del inconsciente.


¿Qué es entonces lo que reprimimos y por qué?

“Aprendemos entonces que la satisfacción de la pulsión sometida a la represión; será sin duda posible y siempre placentera en sí misma, pero sería inconciliable con otras exigencias y designios. Por tanto, produciría placer en un lugar y displacer en otro. Tenemos así, que la condición para  la represión es que el motivo de displacer cobre un poder mayor que el placer de la satisfacción”. (Freud, la represión 1915).

Con esto podemos explicar en clínica, la forma como los pacientes van dejando de lado un deseo placentero que tiene que ser reprimido y más aún olvidado,  resultando un síntoma repetitivo (e intolerable) que intenta en cada repetición solucionar ese problema o acto que la hace sufrir; cito un caso: Paciente de 26 años, tiene 4 hijos y es estudiante de psicología. Se presenta en el consultorio por sentir no poder con su vida, hay confusión en la forma de alejarse de su actual marido, el cual la golpea; la maltrata física y verbalmente. Él ha pedido el divorcio y ha  abandonado la casa. Ella lo único que sabe es “que no puede vivir sin él”; su pareja anterior, la maltrató de igual forma y la relación terminó solamente hasta que apareció el actual marido, quien lleva la violencia hacia todos los miembros de la familia de forma similar al anterior. Vemos así, como la represión ha hecho su labor, el displacer ha cobrado un poder mayor que el placer de satisfacción.

La negación de este trauma vivido con sus parejas anteriores es lo que realmente está afectándola, su forma de recordarlo, no tanto la realidad; sino la forma en que estructuró esas representaciones. De modo que, por medio de la negación y del olvido, hace como si no hubiera pasado y vivido nada de esa violencia, y la justifica. Su mecanismo de represión, separa la carga de afecto de la representación, incubada o fijada en el inconsciente

Pero, ¿por qué reprimimos?

Dije al inicio que hay una primera fase de la represión que consiste en que a la agencia representante psíquica de la pulsión se le deniega la admisión en lo consciente, así se establece una fijación, al impedir su paso. De esta forma la representación queda inmutable y la pulsión ligada a ella, se reprime, tomando, así, el nombre de reprimido primordial (Freud, La represión, 1915).

“Con facilidad olvidamos que la represión no impide a la agencia representante de pulsión seguir existiendo en lo inconsciente, continuar organizándose, formar retoños y anudar conexiones. En realidad la represión solo perturba el vínculo con un sistema psíquico: el de lo consciente” (Freud, La represión, 1915). Y esto lo vemos denegando la satisfacción y creando por ello fantasías, ya que estos representantes reprimidos se desfiguran adoptando diferentes formas que permiten su salida a la consciencia.

Esto es lo que intentamos en la clínica con cada paciente, invitarlo, conducir en el análisis a la producción de esos retoños de lo reprimido que gracias a su distanciamiento y por la desfiguración que ha sufrido  podemos verlos en la consciencia librando la censura, establecemos  (hacemos)  así una interpretación. Vemos entonces como el paciente habla y habla hasta tropezar con algo que lo vincula con lo reprimido y se le presenta tan intensamente que se ve forzado a repetir su intento de represión.

Nos damos cuenta como los síntomas hacen la función de evitar el acceso a la consciencia, este síntoma termina siendo una formación de esos retoños de lo reprimido.

En este punto tenemos también a la vista, ello por medio de los lapsus, chistes, equivocaciones, sueños, etcétera, la cancelación de la represión momentáneamente,  pues enseguida se restablece.

“No, sino que la presión exige un gasto de fuerza constante; si cesara, peligraría su resultado haciéndose necesario un nuevo acto represivo” (Freud, La represión, 1915). De esta forma la represión ejerce una presión continua  en dirección a lo consciente, el mantenimiento de una represión supone una continua fuerza, el sujeto tiene que hacer una contrapresión para mantener el equilibrio.

Nos damos cuenta del fallo de la represión cuando la pulsión ha podido salir y presenta angustia en la persona, la intención de la represión es evitar cualquier displacer, al sentirlo el paciente, percibimos, siguiendo a Freud, que la represión fracasó en su intento.

“Cada psiconeurosis acaso es singular por un mecanismo represivo propio” (Freud, La represión, 1915). En esta situación individual completamente, Freud nos dice que se dan formaciones sustitutivas de la representación, donde cada sujeto asimila y deja registrada la representación según como pudo asimilarla y adaptarla a su entorno, por ello es más importante lo que hable el sujeto que lo que en verdad haya sucedido.

Con lo hasta aquí dicho, vemos como quedan sometidas las pulsiones a la represión constante, con desplazamientos, salidas momentáneas y síntomas como resultado de la tensión y lucha interna del psiquismo, no por ello sin afectación del cuerpo en la mayoría de los casos: “Si se tratase del efecto de un estímulo exterior, es evidente que la huida sería el medio apropiado. En el caso de la pulsión, de nada vale la huida, pues el yo no puede escapar de sí mismo” (Freud, La represión, 1915).

Regresando a la formación sustitutiva de la cual hablé hace unos momentos, es importante señalar como puede desplazarse este sentimiento de angustia vivido por la persona, dije que ese sentir de angustia, nos daba la pauta para saber que la represión falló. Pero, ¿en dónde se plasma esta angustia suscitada? Freud nos muestra cómo la encontramos en el miedo a un objeto o en una situación en forma de fobia; de este modo, se sustituyó la representación, pero el displacer no se evitó en modo alguno. Así, la finiquitación del monto de afecto que es la genuina tarea de la represión, no se logró.

Llegamos entonces con todo lo dicho a visualizar cómo se intenta, por todos los medios con los que cuente cada sujeto, llegar a la cancelación; omisión, trasmutación, de esa representación sometida en todo momento por la represión. Es así como cada retoño de lo reprimido, nos da un indicio de lo que puede estar reprimido, pero de ningún modo nos da la seguridad del cambio, sobre todo si el paciente no logra hacer la experiencia en análisis.
“El psicoanálisis nos ha enseñado que la esencia del proceso de la represión no consiste en cancelar, en aniquilar una representación representante de la pulsión, sino en impedirle que devenga consciente “ (Freu, Lo inconsciente, 1915).

Lo reprimido, pues, es una parte del inconsciente y como tal es su contenido (pulsión-representación); son, por lo regular, un asombro para la consciencia, ya que ésta siempre se siente sorprendida, sacudida, afectada como por algo extraño y externo a ella, como si eso que se le presenta y representa su palabra, fuera totalmente ajena. Y, nos preguntamos, ¿hasta qué punto no lo es?


Es la palabrería del discurso del Otro lo que aprendemos, lalengua  de la madre (Lacan); y solo cuando le damos palabra a esa representación que nos sacude, podemos hablar de algo personal.